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01-09-2014 |

Crianza - Madres y Padres

De filósofos y pequeños preguntones

A veces, los chicos traen preguntas fundamentales sobre la vida, de esas que ponen en cuestión las relaciones humanas, las costumbres o las palabras. Otras veces podemos invitarlos a pensar sobre las cosas que pasan o el mundo que nos rodea. Filosofía y crianza, ¿son compatibles? Darío Sztajnszrajber, filósofo mediático y corrosivo, da su perspectiva sobre este (im)posible vínculo.

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por Gabriela Baby

 

Tiene un apellido difícil de escribir y pronunciar, pero se lo encuentra en Google poniendo “Darío filósofo”. Es profesor de filosofía y coautor y protagonista de Mentira la verdad, un programa de canal Encuentro que invita a ejercer el pensamiento filosófico a partir de hechos de la vida cotidiana. Su libro ¿Para qué sirve la filosofía? (Pequeño tratado sobre la demolición) propone el mismo mecanismo: a partir de un viaje en colectivo al Gran Buenos Aires el narrador va de lo cotidiano -el colectivo lleno, el perderse, el miedo a ser robado- a lo filosófico –la propiedad, el estar en el mundo, el vínculo con los otros, el valor de las palabras-. El despliegue del texto, además, le permite explicar a los filósofos, desde Aristóteles y los griegos clásicos hasta Derrida, sin dejar de lado a Descartes y Nietzsche. Pero, lejos de contar la historia de la filosofía, su propuesta es volver al espíritu original de la misma: la pregunta, la demolición de certezas y prejuicios. Interesante veta a la hora de pensar la función de padres y madres.

Porque es sabido que los chicos plantean preguntas fundamentales que hacen temblar las ideas más sólidas de padres y maestros desde una posición legitimada en su ingenuidad y filosamente cuestionadora del mundo que los rodea. Entonces, ¿cómo dar el salto hacia el pensamiento más abstracto cuando ellos mismos deambulan en sus umbrales? ¿Qué hilo une a los niños con la filosofía? Y sobre todo, ¿es conveniente invitarlos a “filosofar”? Darío Sztajnszrajber, padre de tres niños, propone hacer chirriar los supuestos y poner bajo la lupa nuestras ideas sobre la crianza.

¿Cómo abordar con los chicos el pensamiento filosófico? ¿Qué hechos o situaciones de la realidad de los chicos pueden funcionar como invitaciones a la reflexión?

La filosofía surge de la vida cotidiana. Es una manera de pensar lo cotidiano poniendo todo en otras perspectivas posibles. Algo que los chicos hacen todo el tiempo. Cualquier objeto, situación, acción cobran sentido siempre en una trama que los enmarca, pero cuando se los desenmarca, cuando se los “destrama”, todo queda como suspendido de sentido y en algún punto se vuelve lúdico. Entonces, jugar con los otros sentidos posibles de todo lo que nos rodea, aliviando su seguridad, su peso, su necesariedad, ya es una manera de hacer filosofía. Porque jugar es quitarle a cada objeto su carácter utilitario. Por ejemplo, al jugar con una cuchara, el chico no la usa como la sociedad le impone, sino que la libera de su uso obligado como utensilio para juntar líquido y la abre a múltiples perspectivas. Y esto es algo que los chicos hacen por sí solos. Entonces, yo haría al revés: traería esas experiencias cuestionadoras o lúdicas de los chicos al mundo de los adultos, donde hemos perdido esa capacidad de poner a la cosa en perspectiva; y por otro lado, propondría a los chicos la puesta de palabras a esos juegos. Pero siempre entendiendo que la palabra tampoco es definitiva y que también se puede jugar con ella.

El excesivo consumismo parece ser una de tus preocupaciones en los programas de TV y en todas tus intervenciones. ¿Qué modos de pensar, de increpar a esta realidad podemos poner en práctica junto con los chicos para cuestionar –y detener lo más posible- la fiebre de consumo?

El juego es una manera de interrupción del utilitarismo típico de nuestras sociedades de hiperconsumo masivo. Es que el problema no es el consumo sino que el consumismo constituya identidades, ya que desplaza su matriz y hace de los sujetos meros productos. Pero ocurre que, cuando se juega, se interrumpe esta unilinealidad y en ese sentido, el objeto es solo un medio que permite que el juego explote. Siempre cuento que una vez le compré a uno de mis hijos un regalo muy caro de esos puestos de moda en los programas de TV, y que cuando se lo di, él sacó el juguete de la caja y se puso a jugar con la caja. Ése es un acto de resistencia frente al bombardeo consumista, que no implica no comprarle nada o irse a vivir a una isla. Por otro lado, me parece importante trabajar con los chicos la cuestión del otro, sobre todo en ese acto en el cual los juguetes se vuelven propios y se instala una competencia atroz donde el otro siempre es el enemigo que viene a sacarme lo mío. Hay una vieja y romántica idea de Francisco de Asís que diferencia nuestra relación con las cosas en dos: desde el uso y desde la propiedad. En el primer caso, los objetos están ahí para ser usados. Se los usa y se los devuelve a ese “común” que es de todos y no es de nadie.

El amor, la felicidad, la belleza, la palabra, la muerte… ¿Hay temas más permeables y otros menos tratables para trabajar con chicos?

No soy especialista en niños pero soy hijo de una cultura que primero construye y después desmonta. Incluso con los chicos, el lema es primero proveerlos de una imagen del mundo concreta para que, en todo caso, puedan desarmarla de grandes. ¿Y esto cómo funciona? Creo que presentar las cosas como definitivas no ayuda a crear conciencia de nuestra fragilidad, de nuestra condición de finitud y sobre todo de nuestra obligación por el sufrimiento del otro. Hay que encontrar una buena oscilación entre los extremos y diferenciar temas. Hay angustias más radicales que otras. Con el tema del amor, creo que son buenos tiempos para avanzar hacia una desidealización que nos permita comprender los vínculos por fuera del paradigma de la mercantilización. Igualmente con la felicidad o con la belleza: se trata de presentar siempre otras perspectivas posibles para descentrar las que se imponen como obvias. Con respecto a la muerte, por ser un tema más delicado y más personal (más biográfico según los casos), indudablemente no la negaría, no le daría ese lugar de sacralización que se le da a las cosas ocultas. Creo que hay que compartir con los chicos nuestras propias dudas y poner en palabras esos temores e incertidumbres. Negar la muerte incluso como palabra, creo yo, es la peor manera de trabajar el tema con los chicos. Porque, aunque provisoriamente se los corra del foco, en algún momento el tema va a volver con mucha más fuerza y mucho más enojo por el ocultamiento previo. Siempre priorizaría la puesta de los temores en la palabra, porque la palabra no sé si cura, pero alivia.

Muchas veces pasa al revés: desde la ingenuidad (aparente) de una pregunta, los chicos cuestionan acciones, ideas o decisiones de los padres. Dejar ver la duda, la fisura, o cerrar compuertas y que se vea a un adulto sólido es la disyuntiva de la crianza. ¿En qué medida una u otra posición?

Un adulto sólido es una piedra. Y un padre piedra solo genera el deseo de romperlo a martillazos. Bueno, quizá sea una buena opción para inspirar una identidad revolucionaria, por la negativa quiero decir… Pero, más allá del chiste, en realidad no creo en los padres piedras. Prefiero un corazón caliente, temeroso, dubitativo, contradictorio. Las decisiones se toman igual. Dejar ver la fisura, para mí, es la mejor manera de sostener una decisión ya que compartimos su proceso y sobre todo educamos con el ejemplo y con el modelo de formación al que apuntamos: no quiero un hijo piedra que crea que hay cosas definitivas en el mundo.

Sin embargo, hay algo del pensamiento crítico que parece colisionar con la idea de crianza en el sentido que atenta o cuestiona reglas y leyes, mientras que la crianza supone instalar algunas reglas. ¿Cómo enseñar a pensar y ayudar a que el niño tenga un pensamiento medianamente crítico sin criar un pequeño caprichoso?

Un pequeño caprichoso muchas veces es hijo de un padre caprichoso. El pensamiento crítico es lo más alejado del capricho. El capricho tiene que ver con los dogmas, con lo que no se puede justificar. No entiendo a la crianza como la instalación de reglas y leyes, sino que la entiendo como la problematización del mundo en el que vivimos. Las reglas y leyes muchas veces solo persiguen un cuidado desmedido por lo propio que termina siendo la base del individualismo más extremo. Creo que antes que reglas y normas, una crianza es un acto de amor. Y el amor, hasta donde yo sé, es siempre un acto de transgresión de toda norma. Un acto de desapropiación y prioridad del otro. Obvio que hay límites necesarios que hay que instalar, pero otra cosa es que esos límites se vuelvan el único objetivo de la crianza.


PLANETA SZTAJNSZRAJBER

Nació en Buenos Aires en 1968. Es hincha de Estudiantes de La Plata, geminiano y anda mucho en bicicleta. Ejerce la docencia de la filosofía en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires. No le gustan los aviones y llora con las películas de amor. Ha sido docente en todos los niveles educativos: primaria, secundaria, universidad y posgrados. Fue docente de enseñanza media durante veinte años. Es adicto al Twitter, a los silencios y a los mariscos. Divulga la filosofía en su programa Mentira la verdad, por Canal Encuentro. Compiló las obras Posjudaísmo, vols. 1 y 2 y Para aprender a leer a Platón. 

Además, es artífice del espectáculo Desencajados, una propuesta teatral/musical en la que canciones como "Barro tal" vez de Spinetta, "Qué ves" de Divididos, "A dónde van" de Silvio Rodríguez y otras -interpretadas en vivo por Lucía Pinto, guitarra y batería- dan el marco poético a escenas en las que Sztajnsrajber dispara las más diversas reflexiones.

 

 


SZTAJNSZRAJBER DIXIT 

“Entonces, ¿qué es hacer filosofía? ¿Para qué sirve? O mejor dicho, ¿cuál es su propósito originario? O mejor dicho aún; si su propósito originario no es alcanzar la verdad, sino despegar a la libertad humana de todas sus posibles prisiones conceptuales, ¿entonces solo nos resta una praxis deconstructiva que se contente con no caer en las trampas de ningún sistema cerrado? ¿Todo termina al final en una actividad de desenmascaramiento infinito donde logramos que no se nos atrape y listo? ¿Puede ser que en definitiva lo humano sea solo una fisura que siempre está buscando un nuevo recoveco para escaparse? ¿La filosofía es entonces una huida frente a todas las recetas complacientes que nos venden el descubrimiento del sentido último? Si así fuera, no sería poco.”

Sztajnszrajber, Darío. ¿Para qué sirve la filosofía? (Pequeño tratado sobre la demolición) Buenos Aires, Planeta, 2013.

 

 

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