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01-08-2015 |

Cultura - Madres y Padres

La vuelta al mundo en miles de dibujos

Desde hace casi un año y medio, el ilustrador argentino Ivanke recorre el mundo dando talleres de dibujo gratuitos a niños de todas partes. En la selva y en las montañas, en escuelas y en hospitales, en grandes ciudades y en pequeñas aldeas, en América, en Asia, en África y en Europa, los chicos tienen algo para decir. De sueños, de alegría y de respeto está hecha esta historia.

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Por Fernanda Martell
Fotos: Sofía Nicolini Llosa

 

Todo comenzó en una parada de colectivo cualquiera, una noche de mayo de 2013. Iván Kerner, ilustrador argentino conocido como Ivanke, esperaba desde hacía rato y no pensaba en nada en especial. Hasta que la idea llegó de golpe: “como si me hubiera llegado un mensaje de texto o algo así, de la nada, vi adentro un cartel luminoso que decía: ‘Vuelta al mundo dando talleres gratuitos de dibujo para chicos’. Era una locura. No tenía la plata, ni sabía por dónde empezar, nada. Pero me parecía el mejor plan del mundo. Desde ese momento, supe que lo iba a hacer”, cuenta Ivanke a dos años de esa noche, durante un brevísimo paso por Buenos Aires, invitado por TEDx Río de la Plata.

Desde entonces, Ivanke lleva recorridos miles de kilómetros. En marzo de 2014 Pequeños Grandes Mundos -aquél proyecto que había empezado con la forma de un sueño- dio sus primeros pasos en el recorrido trazado sobre un mapa que abarcaba a más de 30 países. Ivanke llegó con sus talleres de dibujo a chicos de Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Guatemala, México, Cuba, Japón, China, Vietnam, Laos, Tailandia, Birmania, Camboya, Indonesia, Nepal, India, Palestina, Israel y Etiopía, país en el que se encontraba al momento de escribir esta nota.

Hoy, Pequeños Grandes Mundos es una realidad, una propuesta para generar espacios de expresión artística en distintos lugares: “En escuelas, en hospitales de niños, en orfanatos, en bibliotecas, en centros culturales, en la calle, en mercados, en la selva, en la montaña, en grandes ciudades y en pueblos muy chiquitos, lugares que no figuran en ninguna guía de viaje ni en el itinerario de ninguna agencia de turismo”, cuenta Ivanke. Y en este viaje no está solo. El equipo de Pequeños Grandes Mundos se completa con Sofía Nicolini Llosa, quien registra en fotos y video todas las increíbles experiencias que encuentran (o mejor dicho, que generan) en el camino para luego armar un libro y una película, y Mey Clerici, ilustradora argentina que se sumó en China a esta pequeña gran aventura.


EL ARTE COMO PUENTE 
Desde la noche de la parada de colectivo hasta el día en que se armaron las valijas de Pequeños Grandes Mundos, pasaron 10 meses de intenso trabajo para recaudar los fondos necesarios y gestionar contactos en cada lugar del itinerario. Para ambas tareas, contaron con la solidaridad plena de miles de personas, que aportaron su granito de arena desde lo económico hasta los contactos con personas e instituciones de todo el mundo. “Algunos talleres estaban previamente arreglados”, relata Ivanke, “pero en muchos pueblos es llegar, preguntar dónde está la escuela, tocar la puerta y proponer el taller. En otros lugares, es ir caminando por la calle, ponernos a hablar con unos chicos, sacar las cosas y armar el taller ahí nomás. Lo que hacemos muchas veces, que a mí me encanta, es trabajar con los materiales del lugar, por eso hemos dibujado en piedras, en maderas… En la selva los chicos pintaban con ramitas o tallos de hojas.” En lugares remotos, en los que no hay acceso a materiales, los niños -y los adultos- aprendieron a utilizar los elementos que tienen a su alcance para crear libremente.

“Siento que se subestima a los chicos respecto de lo que son capaces de sentir, pensar y decir. Los tomamos como una especie de depósito al que hay que llenar de contenidos. Y aunque obviamente están en una etapa de formación, también tienen cosas para decir. Y en general no existe ese espacio de escucha. Ese justamente fue mi objetivo: dedicarles un espacio de expresión a los niños y que después, otros chicos de otros lados conozcan esas realidades que viven”, reflexiona Ivanke.

Así pensado, Pequeños Grandes Mundos no es un conjunto de talleres dispersos sino un proyecto integral que se propone establecer un lazo entre chicos de todas partes que, según explica Ivanke, “ven los mismos dibujitos, consumen los mismos jueguitos, pero no saben nada el uno del otro. Un chico de Argentina no tiene idea de un chico de Ecuador o de Francia o de Kenia. Entonces, antes de empezar a dibujar, en los talleres siempre les mostramos videos de los países anteriores. Y así una tarde en Tokyo, en una escuela, un montón de chicos japoneses conocieron al menos un poquito de los chicos de Argentina, de Perú, de Guatemala”.

De estas mismas ganas de conectar a los niños de distintos países nace otra pata del proyecto que es “la Cadena de Regalos”. “Consiste en un video donde un chico se presenta y nos cuenta acerca de su vida, de su familia, del lugar en el que vive, su comida preferida, su juego favorito y sus sueños. Le pido que dentro de sus cosas, sin ir a comprar nada, elija algo para regalarle a un chico o a una chica del próximo país. Y también le pido si puede hacer un dibujo para ese chico o chica, que todavía no sabemos quién es. La cadena comenzó en Argentina y se fueron sumando Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Guatemala… ya son 14 eslabones, 14 chicos en todo el mundo y todavía faltan un montón por delante. Así, gracias a la mirada de otro chico pueden conocer otras realidades. No es la misma realidad la de William que tiene 9 hermanos que la de Lwo Tzu que, como casi todos los chinos, es hijo único. Es muy diferente Cristofer, que vive rodeado de conejos, vacas y gallinas de Simón, que vive en una mega-ciudad. Es muy distinta la vida de Mikiya, que después del cole sale a jugar con sus amigos y hermanos a la de Mario, que tiene que ir a laburar”. Con esta cadena están elaborando un material audiovisual muy rico, lleno de ternura y de cotidianeidades, algunas más risueñas, otras más duras, contadas siempre desde la perspectiva de los niños.

Cuando, al terminar el periplo latinoamericano, Pequeños Grandes Mundos desembarcó en Asia, se sintieron algunos cambios importantes. “Por más que nos dan una mano con el idioma, obviamente ya no podemos charlar con los chicos como en Latinoamérica. Entonces tenemos que recurrir a juegos, a canciones, a videos y, claro, ¡a dibujar! Creo que es clave cuando uno se encuentra con un nuevo grupo de chicos poder reinventarse, ser creativos y ser permeables a lo que a ellos les pasa. Es el adulto el que tiene que adaptarse en lugar de pretender tener una fórmula y llegar siempre al mismo resultado”, explica Ivanke. “Me encariño un montón y me cuesta irme de cada lugar pero creo que el objetivo está cumplido si al menos queda una marca, una pequeña huella. Yo sé que no les puedo cambiar la vida ni estoy cambiando el mundo, pero aunque sea ese rato, dejarles algo.”


YO TAMBIÉN VIVO EN ESTE PLANETA 
Cuenta Ivanke que una isla de Indonesia, en una aldea en medio de la montaña, en un lugar muy alejado, un chico dibujó un mundo y escribió: “Yo también vivo en este planeta”. Toda una declaración de principios que Pequeños Grandes Mundos hizo propia.

De tantas experiencias vividas, Ivanke va hilando algunas conclusiones, algunas enseñanzas que los chicos le fueron dejando. “Por los lugares a los que vamos, orfanatos, hospitales de niños y lugares complejos, estamos en contacto con chicos que la pasan o la han pasado mal, con situaciones de abuso, violencia, pobreza extrema, abandono, chicos que tienen que trabajar y no van al cole… y aun así, en los talleres, cuando les propongo que dibujen sus sueños me encuentro con que quieren ser cantantes, arquitectos, maestros, doctores, igual que cualquier otro chico. Es fácil caer en estigmatizaciones, pero ningún pibe nace chorro, ningún chico es violento per se, lo único que necesitan es una oportunidad.”

Y agrega: “Lamento que en muchas escuelas el arte esté tan relegado y se lo tome como algo menor, como algo recreativo y no como algo realmente formativo. Una de las cosas que hacemos en los talleres es invitar a los chicos a crear un superhéroe, pero un superhéroe local. Así les propongo pensar en sus deseos y sobretodo, en las necesidades de sus comunidades. En el norte de Colombia había una sequía impresionante, la cosecha se había perdido y faltaba el agua. Y un chico imaginó la solución: creó un superhéroe que lanzaba rayos a las nubes y así podía hacer llover. En Ecuador fuimos a la selva amazónica, un lugar al que se llegaba después de varias horas en canoa por el río Amazonas y 9 horas de caminata por la selva, y fue increíble ver la cara de sorpresa de los chicos cuando dibujaron con témperas y descubrieron que mezclando azul con amarillo podían formar verde. No me olvido más, porque llevábamos un proyector portátil y por primera vez en su vida todos los nenes de la comunidad (y los papás, los abuelos y todos) bajo una noche estrelladísima vieron una peli de dibujitos animados. En Perú también fuimos a la selva y estuvimos con otra comunidad indígena, la Aguajun, y la directora de la escuela me dijo ‘no esperes grandes cosas porque estos chicos nunca dibujan. Ellos saben hacer artesanías pero no saben dibujar’. ¡Fueron unas de las ilustraciones más increíbles de todo el viaje!”, ríe, mientras muestra imágenes de hermosos dibujos de aves, de peces, de frondosa vegetación, de hombres y mujeres. “Es impresionante el registro que tienen los chicos en la selva de su entorno y cómo pudieron dibujar cada animal y cada pájaro con todos los detalles”, concluye.

“En Guatemala, una ONG nos invitó a hacer un taller en el mercado central y todos esos chicos que no van a la escuela porque tienen que trabajar en el mercado, por lo menos ese día, convirtieron las frutas y verduras que son parte de su obligación en un montón de personajes y animales. Continuamos viaje y llegamos a México, donde dimos un taller en el lugar menos pensado: un cementerio. Era el Día de los Muertos, y el cementerio estaba lleno de chicos dando vueltas, rodeados de flores y velas y ofrendas. Nos pusimos a charlar con ellos, hicimos una ronda, y les preguntamos qué era para ellos la vida y qué era para ellos la muerte. Y después sacamos los crayones y las hojas y nos pusimos a dibujar. Les dimos dos hojas a cada uno y en una dibujaron qué era para ellos la vida y en la otra, qué era la muerte. Y estuvo muy bueno lo que se dijo, fluyó todo de manera tan natural que me llevó a pensar en cómo seguimos subestimando a los chicos y sigue habiendo temas tabú, temas que no se hablan en las escuelas pero tampoco en las casas. Creo que sería genial poder charlar con ellos sobre sexualidad, sobre violencia de género, sobre la misma muerte. Creo que con el silencio lo único que hacemos es criar personas que sigan repitiendo el mismo modelo”.

Frente a los casos más disímiles, que sería imposible resumir en pocas páginas, Ivanke aprendió también otras cosas: “Aprendí que lo más importante para que un chico pueda expresarse y crear, lo fundamental, es darle confianza. En general con una palabra de aliento alcanza para que puedan relajarse y disfrutar de eso que están haciendo en lugar de ponerse tensos y tomarlo como un examen. Los chicos demostraron que cuando pueden disfrutar simplemente de hacer, sin juzgarse tanto y compararse con el de al lado, son mucho más felices. Yo creo que a nosotros como grandes nos pasa lo mismo. Entre varios ejemplos que tuve en este viaje, parece un cliché, pero creo que absolutamente todos podemos crear.”

Porque todos, absolutamente todos, somos parte de un mismo mundo. 


 

FINAL Y VUELTA A EMPEZAR
El viaje de Pequeños Grandes Mundos finaliza en diciembre de este año. “Falta un montón por delante, pero vamos a volver y vamos a hacer Pequeños Grandes Mundos acá en Argentina, de Ushuaia a La Quiaca, de punta a punta. Queremos conseguir una camioneta e ir recorriendo todos los pueblos”, se entusiasma Ivanke. “Y vamos a hacer exposiciones itinerantes con los dibujos de los chicos de todo el mundo. Estamos haciendo un libro con fotos, relatos y obviamente también con dibujos de los chicos y un documental para poder compartir esto con mucha más gente”. Y con visible emoción, termina confesando que “lo que empezó siendo el viaje de mi vida se fue transformando en el proyecto de mi vida”.

Lejos de terminar, Pequeños Grandes Mundos parece tener un largo camino por delante. Camino que, como dice el poeta, se hace al andar.

Para colaborar con Pequeños Grandes Mundos, visitá la web:

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