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01-05-2009 |

Crianza - Madres y Padres

Súper conectados

Quienes tienen pocos años llegaron a un mundo en el que usar celular, chatear, navegar por Internet, manipular DVD’s y usar videojuegos es casi tan cotidiano como tomar agua. ¿Genera este intenso entrenamiento tecnológico otra forma de pensar? ¿Piensan de manera diferente a la de sus padres o realizan distintas operaciones mentales los chicos tecnológicos?

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Por Gabriela Baby

 


La información que circula acerca de la relación de los chicos con las nuevas tecnologías suele provocar asombro: “Cuatro de cada diez chicos tienen Internet en su cuarto. El 70% también tiene TV en su habitación” / “Dos de cada cuatro chicos norteamericanos de entre 10 y 24 años tienen su propio teléfono celular. Y tres de cada cuatro usan el teléfono de alguno de sus padres”/ “El 95% de los chicos de entre 10 y 18 años usa habitualmente Internet, el 83% declara tener un teléfono móvil y el 67% juega a videojuegos”.
Números y porcentajes que se propagan en titulares y noticias permiten sólo una conclusión, por demás evidente: más allá de las valoraciones que se hagan sobre este vínculo, los chicos establecen con los dispositivos tecnológicos una relación de total naturalidad. Aun los chicos que no tienen la posibilidad de tener en su casa la PC acceden a Internet en el ciber (por poca plata) y se las ingenian para tener el celular personal u otros elementos de tecnología avanzada. Un contraste fuerte con la generación de sus padres.

 

“Cuando yo era chico, no había celulares”, trata de explicar el papá de Martina a su hija de 6 años. La nena lo mira con asombro. El hombre siente haberle confesado a su hija que nació en la Edad de Piedra. “¿Y cómo hacían entonces para hablar?” Para Martina, sencillamente, tener celular equivale a poder hablar -comunicarse- con el otro. "Ni Internet. Ni DVD’s. Ni Ipods”, agrega con temor el papá. Martina tampoco entiende muy bien por qué ciertas cámaras de fotos -antiguas, sin duda- no muestran la imagen que toman al instante.

En la nueva era


Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación y autora de La generación multimedia. Significados, consumos y prácticas culturales de los jóvenes (Ed. Paidós) dice: “‘Los chicos de hoy –suelen decir padres, abuelos y maestros- no son como los de antes’. Y tienen mucha razón. Los chicos de hoy no son como los de antes, entre otras cosas, porque su vida cotidiana es hoy muy diferente”.


En el paisaje diario de estos chicos -que incluye computadora y madre y/o padre conectado a Internet gran parte del día, celulares para cada uno de los miembros de la familia, equipo de DVD en el que se puede escuchar música, ver películas, proyectar y editar las fotos de las últimas vacaciones-, el relato inverosímil, y casi de ciencia ficción, es decir que sus padres y abuelos veían la tele en blanco y negro. Y que cambiaban los canales ¡con una gran perilla! Sencillamente, no lo entienden. Pero tal vez ni siquiera valga la pena explicarlo.


Morduchowicz señala: “La distinción entre medios nuevos y medios tradicionales no tiene para los chicos de hoy ningún sentido. Son los adultos quienes sienten las rupturas tecnológicas, los nuevos aprendizajes que deben emprender y los nuevos usos sociales de los medios que deben ejercer. Los chicos, en cambio, han aprendido al mismo tiempo a utilizar el control remoto de la televisión, el equipo de CD y la computadora personal. Las conversaciones con sus amigos giran tan pronto sobre un programa de TV o sobre un nuevo sitio en Internet. Sólo los libros –en su forma más tradicional y sin imágenes- les parecen lineales y en blanco y negro. Los libros suponen para ellos una lectura lineal que difiere de sus prácticas habituales con los otros medios”.


El desafío entonces no es que los chicos comprendan el árido paisaje en el que nacieron sus progenitores, sino que los adultos comprendan el mundo en el que nacieron sus hijos. Porque no sólo se trata de entrar a la hiperconectividad y las comunicaciones instantáneas para poder compartir algo de todo eso con sus hijos y estar ‘aggiornado’. Sino entender cómo funcionan las cabezas infantiles, criadas en ese universo.


Andrea Urbas, editora de Chicos.net, un sitio que ya tiene 10 años e incluye una publicación on line con noticias producidas por chicos (www.chicos.net), a partir de su práctica opina: “Esta nueva generación tiene modalidades nuevas de acceso al conocimiento porque nace inmersa en la cultura de las tecnologías y las pantallas: encuentran los juegos en la web aún sin saber leer y manejan con soltura diferentes herramientas para llegar a la información que buscan”.


Asociaciones novedosas, nuevas destrezas, formas diversas de acceder al conocimiento: este parece ser el resultado del uso frecuente de las nuevas tecnologías basadas en un lenguaje simple pero novedoso, tanto que a algunos adultos aún les resulta complicado.


Roxana Morduchowicz señala la brecha generacional en un contexto histórico amplio: “Con Guttenberg, en el siglo XV, hablábamos del paso que daba la sociedad, de la cultura oral a la escrita. En el siglo XX hablábamos del enorme paso que dio la cultura de la palabra a la de la imagen. Hoy, en el siglo XXI, hablamos del paso de la lectura lineal a la percepción simultánea”.

Cabezas en acción


La pregunta de oro en este punto es: ¿tienen estos chicos una capacidad cognitiva diferente? ¿Absorben y generan conocimiento de otra manera, acorde a las nuevas formas que la tecnología propone de asociar ideas, imágenes y conceptos?


En FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), los integrantes del PENT (Proyecto Educación y Nuevas Tecnologías) discuten este tema. Fabio Tarasow, coordinador del proyecto sostiene que “si bien hay nuevas maneras de expresarse fácilmente mediante blogs, fotologs y otras herramientas de la web, uno piensa de manera racional: reúne información, compara, saca conclusiones. Así funcionamos desde antes y ahora también. No se sumaron otras aptitudes”, afirma.


Su colega del mismo equipo, Gisela Schwartzman, coordinadora pedagógica del proyecto, tiene otra perspectiva: “Los estudios dicen que con grandes revoluciones tecnológicas, como la revolución de la escritura, las capacidades cognitivas han cambiado. La capacidad de análisis, de transformar algo en partes, por ejemplo, existe a partir del desarrollo de la escritura alfabética. Entonces, uno podría decir que sí, que todo este cambio va a implicar modificaciones en el modo de pensar. Lo que pasa es que todavía estamos tan inmersos en el cambio que es difícil identificar en qué sentido se darán esas modificaciones”.


Para Mónica Trech, tercera integrante del equipo de FLACSO, la pregunta está dada: “Lo que muchos investigadores de esta materia suponen es que si uno puede delegar ciertas operaciones más básicas en las tecnologías podría utilizar la mente para cosas más complejas”.


Mientras las investigaciones en materia cognitiva avanzan en diversas universidades del mundo, en Buenos Aires, Roxana Morduchowicz tiene una certeza: “Los chicos y jóvenes de hoy tienen otro concepto de velocidad, que no es la de los automóviles, sino la de las imágenes, la del discurso televisivo, la de la publicidad, la de los videoclips. En esta velocidad están inmersos.”


Regidos por el zapping, por las ventanitas que se abren y se cierran, los pequeños tecnológicos nacen y crecen en una práctica permanente de la percepción simultánea.


Morduchowicz señala: “Los medios de comunicación y las nuevas tecnologías han desarrollado una atención flotante, discontinua y dispersa. El zapping ha dejado de ser una actitud ante el televisor para convertirse en una actitud ante la vida. Se vive en una permanente fragmentación, relatividad y provisionalidad, en una búsqueda constante de inmediatez y con una sensación continua de impaciencia. Los chicos de esta era tecnológica se mueven en un universo de dinamismo, de fragmentación, un mundo mosaico, de continua estimulación, en simultáneo y de inmediatez”.


Rápidos, asociativos, dispersos y productivos en esta multiplicación de datos e imágenes: de este modo se va tramando el perfil intelectual de la generación tecnológica.

Adentro y afuera


La diferencia de esta generación con las anteriores, sin embargo, no reside sólo en la aparición de los nuevos aparatitos y medios de comunicación. También hay un espacio de sociabilidad que se ha modificado.


“La tecnología que tenemos opera en el contexto social en que hoy vivimos -señala Gisela Schwartzman, de FLACSO- Quiero decir, la sociedad cambió mucho: los chicos no juegan en la vereda y la mayoría de las madres trabajan. Entonces, los chicos quedan limitados al mundo de la casa donde tienen a su disposición los diversos implementos tecnológicos para jugar, entretenerse, aprender, comunicarse con sus amigos y hacer la tarea escolar”.


Para Morduchowicz, la nueva generación combina certeramente todos los elementos que tiene al alcance de la mano, en las proporciones y momentos necesarios. “Los jóvenes de hoy son la primera generación que articula en forma complementaria, el teléfono, los mensajes de texto y el chateo para comunicarse con amigos. Ellos saben claramente para qué momento y para qué tipo de mensaje utilizar cada soporte”.


Entonces, la navegación durante horas, por la gran pantalla o por el pequeño visor telefónico, sirve también para salir de casa. La conectividad en este punto es sinónimo de sociabilidad. Por eso, si muchos padres temen que sus hijos se vuelvan autistas o nerds a causa de tantas horas de navegación en diversas pantallas, Roxana Morduchowicz replica: “Un prejuicio muy frecuente sostiene que los medios marginan a los chicos. Sin embargo, lejos de aislarlos, los medios de comunicación son soportes para su sociabilidad. Los chicos disfrutan viendo tele acompañados, usan las computadoras para chatear, hablan de la música que escuchan y eligen películas y juegos de pantallas por recomendación de sus amigos. Los medios, lejos de aislar, generan nuevas formas de sociabilidad”, asegura la especialista.


Redes, pantallas, proliferación de imágenes e información de todo tipo: ése es el paisaje para los más pequeños que crecen transitando teclados y pantallas. Fabio Tarasow aporta una interesante mirada sobre el tema: “Hay que asumir que los chicos -al igual que los adultos- tarde o temprano empiezan a desarrollar una vida on line. Una identidad en línea. Parte de su desarrollo como persona, como ciudadano, transcurre en la pantalla. Así como los adultos tenemos ya un correo electrónico, un lugar en Facebook y determinadas rutinas de la vida en red, los chicos también las tienen. Y desde chicos”.


En este mundo digital, como en el mundo de la plaza y la escuela hay diversidad de cosas, hechos, datos, gente. Y también hay basura, peligros, amenazas y algunos tesoros. Dotar de elementos a los chicos para que vayan tranquilos y felices por el mundo -virtual y real- sigue siendo tarea de los adultos.

 

 

Amenazas en red

Muchos adultos temen por los riesgos que implica el alto tránsito de sus hijos por los caminos de Internet, el chat, el correo electrónico y las redes sociales. Y estos miedos se fundan en situaciones de abuso, engaños y amenazas que se dan por la excesiva exposición de los chicos a un espacio cuya amplitud espacio temporal supera lo imaginable.


El equipo de Chicos.net trabaja desde hace varios años en el proyecto “Internet Segura, por un uso responsable de las tecnologías” (www.chicos.net/internetsegura). Andrea Urbas comenta al respecto: “Este proyecto busca que los chicos y los adolescentes puedan apropiarse de la web de manera crítica y responsable. Por eso es necesario que comprendan la dimensión del medio, para poder entender la potencia que tienen sus publicaciones: qué significa ‘colgar’ una foto en una comunidad virtual, qué alcance tiene compartir las situaciones personales en una página web, cómo moverse en ese medio de forma segura y respetuosa consigo mismo y con los demás”. A través de un juego, “Amigos en Red”, los responsables de esta campaña orientan a los jovencitos en el uso responsable y divertido de la red.


Porque tener un fotolog, un blog, un espacio en Facebook o una libreta de contactos de Messenger excesivamente popular implica exponer intimidad, hábitos, datos de consumo y rutinas familiares a un universo de personas desconocidas. Y en la red, como en la calle y en la plaza, no todo el mundo tiene buenas intenciones.


Por eso, para cuidar la seguridad de los chicos y de la familia los especialistas recomiendan:

* Así como se dice ‘No hables con extraños en la calle’ o ‘No abras la puerta a nadie’, lo mismo debe sostenerse en la vida digital. Es importante que los chicos comprendan que no deben dar información personal y familiar a gente desconocida.

* Una buena medida es recorrer con ellos sus direcciones del Messenger: no se puede tener más de cien ‘amigos’ y se pueden borrar -junto con el chico- las direcciones de gente que no resulta identificable.

* Los filtros son una ayuda para que los chicos no accedan a sitios pornográficos o de violencia explícita, pero no constituyen una solución porque ponen el límite en el aparato y no en el chico. Además, limitan el acceso a sitios que no necesariamente son de contenido pernicioso.

* Es importante que la computadora no esté en la habitación del jovencito, aislada de la mirada de los adultos. Es conveniente ubicarla en un lugar público de la casa: un pasillo, el living o la cocina. Que el adulto esté cerca de la navegación del chico no tanto para controlarlo -algo que materialmente no ocurre- sino para estar disponible ante un comentario, una duda o una ayuda.

* Regular horarios y cantidad de horas de uso de la computadora permite valorar ese instrumento y ponerlo en contraposición con otras actividades. Como con la televisión: no se puede mirar todo y no se puede mirar tele todo el día.

* Que los usos y hallazgos de los chicos en la red sean temas de conversación con los adultos. Es importante conocer qué hace el chico en Internet (con quién chatea, pero también qué sitios o juegos ha encontrado).

* Aportar la mirada crítica a sus hallazgos: ‘¿Quién publicó ese dato?'; ‘¿Para qué sirve esa publicación?'; ‘No todo lo que está en la web es verdadero'; ‘¿No te parece violento ese personaje?'; etc.

* Que el intercambio sea enriquecedor para el chico y para los adultos. Porque no sólo el muchachito puede contar sus hallazgos: los adultos también deberían aportar los suyos (y dar sitios de libros, de películas, de juegos didácticos, de música), con la mirada valorativa correspondiente.

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